Hay cosas que no se deberían olvidar, otras que no se quieren y hay unas últimas que no se pueden...
Cuando todo esto comenzó jure y perjure que no lo olvidaría, que haría cualquier cosa por no olvidarlo. Lo que se olvida se repite, me dije, lo que se olvida se perdona. No quería perdonar, no estaba dispuesta a olvidar, estaba demasiado enfadada. En el fondo, en ese momento, pensaba que se me pasaría pronto, que pasaría del enfado a la pena en poco tiempo, de la pena al olvido, del olvido al perdón...como si no hubiese pasado nada. Pero en ese momento no quería.
No quería olvidar y lo peor, no quería perdonar...
Con el tiempo me di cuenta que no había pena y me extraño. No pensaba en lo que había ocurrido, ni ese día, ni estos años. Ya no seguía enfadada ¿no? Ha pasado el tiempo pero ¿por qué no me da pena? Una amiga me dijo que no me permitía a mi misma que me diese pena, en ese momento la mire extrañada.
Ahora, pensándolo detenidamente, no es que no me permita que me de pena romper una relación de tantos (tantos) años y tantas (tantísimas) cosas compartidas. Lo que no me he permitido en estos meses es pensar en ello, ni por un minuto, no se lo merecía, no se lo debía, no quería,... Pero me lo debía a mi. Y me he dado cuenta que no perdono, no olvido y no me da pena, no porque no quiera, no porque no deba, sino porque no puedo.
He pensado en lo que paso ese día, en el mes antes, en los dos años antes, en muchos años antes,... y sigo enfadada. No como al principio, claro, sino con un enfado más suave, más profundo, que me permite seguir, que se queda guardado, que queda paralelo, pero permanece.
No quería olvidar.
Pensaba que no debía.
Y me doy cuenta que no puedo olvidar.
Aun no puedo perdonar...